La torre de los alucinados


Laura baja por la escalera del hotel y se estrella con un trueno transparente en la avenida. Simultáneamente se apagan las luces. Hay en sus breves pasos quimeras de humo expulsadas de su boca, sus dedos sujetando nerviosamente un cigarrillo. Es una encadenada proliferación de presentimientos y fragancias; un aire frío de azul púrpura cargado de neblina que la pone mas nerviosa aún. "Me tengo que ir, de todas maneras", dice para sí, "pronto tengo que salir de todo este embrollo". El clima voluble, de espiral ácido paranoico, la atmósfera de Lima delata su cara despojada de alegría, titubeante como los retumbos de una paloma nocturna. La luna la atrae, pero ella perdura en la ducha delante de aquella multitud sacra y perra contrahecha en la delicuescencia, que espera el bus. Ella ahora se detiene con la misma apatía que le toma el pulso y la jala hacia atrás. Dice "¿Me permites llorar, Dios? ¿Me dejas que me vaya si me voy de aquí con mi cara tenebrosa?". No puedo hacer otra cosa. Vuelve a la habitación 283. Aún tiene algo de fuerzas; aunque la fuerza se mide según la dirección hacia la cual uno quiere ir. Deja su bolso en la cama, sube el volumen de la radio, se acerca a la ventana, cree ver algunos astros ante sus ojos atribulados, con esa senescente mirada que lleva desde niña. Ella no deja de sentir pena por él; sin embargo, no por ello no deja de evadirse. Lo que quiere siempre es huir. Según él observó, hay en sus pocos años prendimientos de alacranes, rasguños de caimán y sombras de playas donde el mar se aproxima como un verdugo y se atora en sus sienes causándole oleadas de dolor. Laura se toca las mejillas, no solo espera ahora que se vuelva a encender la luz del semáforo allá afuera, sino que desea con ansias que se rompan las cadenas, que termine la tortura. "Te estoy diciendo que me sueltes", dice, "no quiero estar mas contigo".

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