La pulga
La pulga se enamoró de un hombre.
Era un hombre solitario, inteligente, sensible e inconformista.
La pulga solía saltar de alegría, solía desprender energía, derramaba felicidad, regalaba sonrisas... siempre se encontraba en estado puro de éxtasis.
Ella intentó contagiar un poco de todas esas cualidades a aquel pobre hombre, al cual le había abierto las puertas de su corazón y de su vida.
La pulga quería formar parte de la vida de este hombre entristecido, quería forjar la emoción en él, quería sembrar semillas de ilusión, quería verle sonreír, deseaba verle feliz...
Tras casi seis meses viviendo en su hombro, tratando de escalar hasta su oreja para poder llegar a decirle lo bella que es la vida cuando la ves desde una perspectiva positiva, llegó el día en que el hombre enfermó.
No enfermó de un simple constipado, enfermó de falta de esperanza, de falta de fe, de ausencia de energía y de presencia de dolor.
La pulga se sentía cansada, agotada, sin capacidad para seguir intentándolo, sin recursos para seguir luchando, sentía como a lo largo del tiempo su vitalidad se fue apagando, dejando su brillo atrás y olvidando su verdadera personalidad.
La pulga se sentía incomprendida, había arriesgado su vida apostando todo cuando tenía, por tratar de hacer ver a aquel hombre pesimista las cosas buenas de la vida.
Este hombre sabía de la existencia de la pulga, sabía lo que ella pensaba y como se sentía, pero era incapaz de cambiar su forma de vida. Sus ocupaciones eran más importantes que los consejos que aquella pequeña e insignificante pulga trataba de inyectarle, día tras día.
La pulga se decaía cada vez que no conseguía lo que quería y el hombre estaba cansado de oír la voz de la pulga taladrando su oreja. Y así fue, como llegó el día que el hombre jamás pensó que llegaría.
Llegó el día de lamentarse y preguntarse, porqué dejó marchar sin antes valorar, a aquella pequeña pulga que tanto le supo amar.
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