Hace frío y me apeteces, pero también cuando no hace frío, no te preocupes.

Hoy me vino a la cabeza una imagen, éramos y yo atrapados bajo tu manta blanca y tu colchón perfecto para nosotros dos, donde pasamos dos días con la persiana baja sin querer saber del mundo allá fuera, porque para ser sinceros, fueron dos días donde el mundo real no existía, solo el nuestro que se iluminaba entre velas y caricias que me llenaban de mariposas. La habitación obtuvo una luz que brillaba por encima de la luz del sol, como un abrazo inmenso que nos iluminaba las sonrisas, desbordando palabras a través de nuestras miradas. Te vi reír callado y se me llenó el pecho de esperanzas que hace muchos años no había vuelto a tener. Y te adheriste a mis brazos y a mi pecho y fue cuando en ese momento sentí la calma que me trasmitías. Qué maravilloso escalofrío te recorre por el cuerpo cuando encuentras tu lugar preferido en la tierra. Aquel era nuestro lugar: yo a tu lado y al lado mío y nuestros lados siendo siempre el mismo. Como te digo, la perfección no existe, tan solo existe cuando estoy en tus brazos, cuando estoy en tu mundo. Que rápido nos acostumbramos a lo bueno y que rápido te has vuelto en mi medicina, porque contigo he aprendido a desconocer las tensiones, los malos ratos, la soledad, el agobio, la inseguridad, el temor. Contigo no quiero ponerle ni fecha ni horario a los calendarios, ni ponerle nombre a las estaciones, porque quiero ser tus 365 días al año manteniéndome en tu cama, separados, juntos o en tus sueños. Porque muchas veces me apetece comerme el mundo con tu boca, mordiéndote el silencio de una forma intensa hasta que comience a latir y sepa que sigue ahí, sintiendo como la sangre sube y le da color a un sentimiento. Llegar para quedarme, hacerme un hueco en tu vida con sabor a felicidad, echar raíces en el mismo suelo donde cultivas tus sueños y convertirlos en algo mejor. ¿Te digo algo? Aún se me erizan los pelos cuando te tengo a mi lado, cuando recostados en la cama entrelazamos brazos, piernas, besos, vidas. Me encanta dormir así contigo y cuando no, me encanta sentir ese pie buscándome por toda la cama, o esa mano buscando mi silueta como para cerciorarte de que este sueño se convirtió en realidad. Tengo de memoria tu cara, especialmente la tierna forma que toma cuando estás dormido. Tus labios en esos momentos se convierten en un oasis y los míos en una sequía, por eso nace ese deseo de besarte a cada momento y volverme dinamita en ese suceso. Porque cada beso tuyo es un destello dentro mío, es una mariposa nueva naciendo, es un nuevo latido inventado por ti y es que para ser sincera, jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso como lo ha hecho la tuya. Eres mi rincón favorito y tu piel es exactamente el fuego que necesito en estos días de frío, en todas las demás estaciones del año también, no te preocupes. Tengo una historia media escrita contigo y tu una señal de ella colgada en tu habitación, porque justo cuando entraba por esa puerta los ojos me comenzaron a brillar de forma escandalosa cuando la vi ahí, colgada frente a ... y te miré, y no sé si te diste cuenta, pero mi voz sonó a ilusión y mi sonrisa me delató. Fue esa noche precisamente la más dulce de todas las noches, y es que nadie se había convertido conmigo en dulce y al mismo tiempo en salvaje, en maduros y luego en niños. Me encantan tus caricias, tu forma de besar, la forma en la que me abrazas por la espalda y apoyas tu cabeza sobre mi cuello. Me encanta experimentar contigo sensaciones nuevas, compartir el silencio porque con nuestro lenguaje corporal ya nos basta saber lo que sentimos. Juntos muchas veces también nos volvemos peligrosos, porque se nos olvida el mundo allá fuera y los días pasan con prisa fuera de tu habitación, fuera de este nuevo mundo inventado por dos miradas necesitadas que se desnudan la piel silenciosamente y a fuego lento. Le damos muchas veces vida a las cosas, como por ejemplo decidir convertirnos en mejores amigos de la cama, de las velas, del aire común y de comenzar a ver al tiempo como un enemigo. Y es que contigo las cosas son distintas, porque tu sonrisa me hace no querer ver la felicidad en otros rostros, porque me llenas la vida, porque haces que de repente mi límite solo sea un absurdo concepto que va perdiendo poco a poco el sentido, haciendo crecer mis horizontes con dirección hacia ti y es que quiero atraerte de una forma libre, sin precipitaciones y con mucha belleza, porque la belleza es eso que lo caracteriza, que nos traspasa los párpados, nos cruza la piel, se nos pega en la mirada y la llevamos para siempre tatuada en la sonrisa.

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